| Nací en Dos Hermanas, Sevilla, en 1970. Con estudios de Marketing y diseño, he trabajado como jefe de sección, director y subdirector regional. He vivido en Cataluña y Galicia y ahora resido nuevamente en mi ciudad natal. |
Formo parte del comité organizador de las Jornadas de Literatura Fantástica de Dos Hermanas, que en 2008 se realizarán por tercer año consecutivo, y soy cofundador de un taller literario en Sevilla. Además, corrijo textos para otros autores. |
Desde Mayo de 2008 estoy representado por la prestigiosa Agencia Literaria de Sandra Bruna |
A primeros de 2008, mi relato “Miserias” quedó finalista en el concurso TIERRA DE LEYENDAS VII, convocado por el portal literario sedice, (www.sedice.com) y formará parte de la antología que se publicará próximamente. |
Mi primera novela, LA PIEDRA DE ALDUR, pertenece al género de la fantasía épica. La segunda, HIJOS DE HERACLES, es mi primera incursión en la novela histórica, en la que narro los sucesos acontecidos entre el 735 A.d.C. y el 655 A.d.C. en una Esparta incipiente. |
Actualmente trabajo desde Abril/08 en otra novela histórica, en la que recreo la época de Felipe III. |
| La Estrella de Blerond |
Lágrimas de Hada |
| El Péndulo |
| Premio Nobel |
| La Piedra de Aldur |
| Hijos de Heracles |
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| La Estrella de Blerond |
La tarde moría. Un viento frío proveniente del oeste, de las altas montañas nevadas, agitaba con fuerza las ramas de los árboles. Las calles de la aldea, despobladas de toda vida, se preparaban para dormir. Los habitantes del lugar buscaban refugio de la tempestad que se cernía sobre ellos en el interior de sus cabañas. De los techos de madera y ramas surgían columnas de humo, transportando a los cielos el deseo de sus hacedores, que rogaban a los dioses por la llegada del buen tiempo, pues el invierno estaba resultando duro y cruel. En el interior de una de las chozas, una familia concluía su cena en silencio, y los dos pequeños apuraban las exiguas raciones de sus vasijas. Un fuego diminuto ardía en un extremo de la estancia, proporcionando una tímida luz y calentando pobremente el lugar. La mujer se levantó y comenzó a recoger los cuencos y los vasos, ajados por el uso. El viento helado se colaba por las ramas entrelazadas que formaban las paredes haciendo danzar las llamas, recordando a los moradores de la choza que no debían descuidar el fuego durante la noche. A la mesa se sentaban un anciano y dos niños. - Abuelo, - dijo el mayor - ¿puedo preguntarte una cosa? El anciano lo miró dibujando una sonrisa en su cara arrugada. Conocía el carácter inquieto del pequeño que siempre andaba intentando conseguir retazos de información sobre conversaciones que escuchaba a sus mayores. De haber conocido la pregunta que iba a formular posiblemente habría alegado que era tarde para cuentos. Pero su sabiduría no le permitía leer en el corazón de su nieto, y contestó con alegría, preparándose para alguna cuestión baladí. - Adelante hijo. ¿Qué deseas saber? - Quisiera que me explicaras por qué algunas mujeres visten siempre con esas túnicas rojas. Un sonido repentino estalló en la cabaña. Los pocos utensilios que tenían se habían hecho añicos al chocar contra el suelo de piedra. Habían caído de las manos de la mujer, que colgaban inertes, incapaces de sostener el peso de la frágil figura que se apoyaba en la mesa. El anciano la miró a los ojos y la voz de la joven flotó en la estancia en un débil susurro casi ahogado por el crepitar del fuego. - No me mires a mí, padre. Sabes bien que harás lo que te pide. El viejo no era su padre en realidad, si no el de su esposo, muerto años atrás en una lucha con los orcos de las montañas cercanas. La mujer había quedado sola, ya que sus progenitores habían perdido la vida mucho tiempo antes, en una extraña epidemia. El anciano la acogió entonces como a su propia hija, pues le tenía gran cariño tanto a ella como a sus nietos. - Es una larga historia, hijo. Quizá deberíais oírla en otro momento.- Dijo el viejo intentando escapar de la situación. - Pero no tengo sueño, y si me la cuentas prometo hacer mis tareas de mañana sin quejarme. - Yo tampoco tengo sueño abuelo.- La pequeña quería oír la historia que había provocado tal reacción en su madre, pero no estaba segura de si valdría el esfuerzo de hacer todas sus tareas sin rechistar al día siguiente. Finalmente, tras un silencio tenso en el que el anciano consideró todas las opciones, suspiró y se decidió a contar la historia, pues podría así omitir la parte más importante de ella, mientras que si el niño preguntaba sobre esas cuestiones a otros, posiblemente acabaría confuso y asustado. - Está bien, pero sólo os contaré un breve relato. La respuesta a tu pregunta hay que buscarla hace mucho tiempo, cuando los abuelos de los abuelos de los hombres que más tarde construyeron nuestra aldea eran jóvenes aún, y caminaban en un mundo en el que las sombras crecían en poder. Es un relato triste de un mundo triste. El enemigo que ahora nos aflige era mucho más fuerte entonces y llevaba mucho tiempo planeando dominar los Reinos de los Hombres. Tenía incontables bestias a su servicio que realizaban grandes maldades bajo sus órdenes. Todo hacía prever que pronto efectuaría un ataque definitivo para obtener el control de la tierra. Por tanto, ésta, como tantas otras historias, comienza en una época turbulenta con una casualidad. Un día llegaron a un lejano poblado unos viajeros desde el Gran Reino del Sur, en una misión urgente, importante y peligrosa, buscando la forma de derrotar al Señor de las Sombras. Tenían que cruzar las Grandes Montañas, pero para ello necesitaban un guía que los llevara a su destino cruzando terrenos plagados de peligros. Una mujer, una guerrera, pues en aquel tiempo las mujeres aprendían a luchar, partió con ellos dejando a su pueblo y los acompañó en su viaje para servirles de guía. De alguna manera, el Enemigo pudo descubrir la ayuda que los aldeanos prestaron a los héroes de aquel viaje, ya que es bien sabido que su malicia llega a muchos lugares, y que incontables espías y animales están a su servicio. De modo que poco después envió a una hueste de feroces guerreros para que arrasaran el lugar. La aldea quedó destruida y pocos consiguieron sobrevivir al desastre, solitarios en los bosques fríos. Algún tiempo después regresaron los viajeros y vieron lo que había sucedido en el lugar. Muchas lágrimas se derramaron entonces, pues era un pueblo amigo, y por las venas de la mujer corría la misma sangre que se había derramado allí. Y juró que no descansaría hasta vengar la muerte de sus hermanos. Buscaron durante días por los contornos, pero cuando sus pesquisas resultaron infructuosas se prepararon para continuar su viaje hacia el este. Un niño los estuvo espiando entre los árboles, teniendo buen cuidado de no ser descubierto, y decidió seguir sus pasos. Durante un par de días logró permanecer oculto en la espesura, pero una mañana lo sorprendieron y retuvieron, aunque el pequeño intentó huir, porque estaba tan confundido que pensaba que le darían muerte allí mismo. No consiguieron sacarle ni una palabra ya que se negaba a hablar, aunque devoró la comida que le prepararon. La mujer guerrera quería hacerse cargo de él, pues les dijo a sus compañeros: “Este niño forma parte de mi pueblo. Su padre era un gran cazador. No puedo abandonarlo a su suerte”. Y sus acompañantes entendían su situación. Ahora bien, los viajeros tenían prisa por continuar su camino, porque la guerra estaba próxima. Parecía en verdad que volara tras sus talones, y rumores de que el Enemigo se movilizaba corrían por la tierra, de modo que no podían retardar su marcha a causa del niño, pues su misión estaba íntimamente ligada con la posible victoria en la contienda. Al cabo de algunas deliberaciones, decidieron que la mujer y uno de los hombres se desviarían en busca de otros campamentos de aquel pueblo extraño, puesto que realmente eran gente errante y vivían en poblados de tiendas que les permitían desplazarse con velocidad de un lugar a otro. Querían, si era posible, conocer con detalle lo que había ocurrido en el ataque al poblado, y encontrar a alguien con quien dejar al niño y que pudiera hacerse cargo de él, porque ellos tenían que volver y prepararse para la guerra. Al cabo de unos días de viaje encontraron lo que buscaban, una aldea de aquellas gentes, a las que llamaban Thondras. Estos habitaban al oeste del reino de los hombres, y muchos años antes habían abandonado las montañas que podéis ver al norte y al este de nuestro poblado, alejándose hacia regiones meridionales más allá del mar y encaminándose hacia poniente para huir de las sombras que se habían aposentado cerca de su hogar. - ¿Es cierto entonces que hay hermanos de nuestro pueblo en el sur? La voz del niño revelaba la excitación que le estaba causando la historia en labios de su abuelo, que lo miró acariciando el suave pelo rojizo de la cabeza del pequeño. - Así es, Bléragon, pero esos lazos son muy débiles ahora, y tras la pérdida de Tadriam, el nieto de la mujer y el hombre que buscaron cobijo para el pequeño, volvieron a errar por el mundo. Se volvieron ariscos, evitando a otras gentes y adentrándose en lugares desiertos para ocultarse de las sombras, por lo que pocos hoy conocen donde habitan. - ¿Y dejaron al niño con esos hombres malos? Una sonrisa afloró en los resecos labios del anciano, que tomó a su nieta en los brazos, consciente de que estaba un tanto asustada. - Yo no he dicho que fueran malos, pequeña. Los Thondras nunca fueron tocados por la Oscuridad. El Enemigo no tenía poder sobre ellos, pues lo único que su corazón anhelaba era libertad para viajar a donde sus pies quisieran llevarles. Además, en aquel tiempo, el Gran Reino del Sur tenía buenos tratos con ellos, e incluso defendían sus fronteras contra invasiones del Enemigo, puesto que sus campamentos se extendían por el oeste del reino de los hombres. En uno de estos campamentos dejaron a Kergal, que así se llamaba el pequeño, ya que pensaban que no había nadie mejor para cuidarlo que sus parientes, aunque fueran lejanos, y que estaría a salvo de las acometidas del enemigo en lugares distantes de las grandes ciudades de los hombres. Sus nuevos padres preguntaron por el nombre del chico, y se extrañaron al escucharlo, de forma que interrogaron a la mujer por el motivo que había llevado a sus progenitores a llamarlo de forma tan extraña. La guerrera conocía bien la historia de modo que les contestó: “Un día, oscuro y gris, de hace cinco inviernos, este niño vino al mundo. La matriarca de nuestro poblado, que tenía la capacidad de vislumbrar el futuro, anunció que la criatura recién nacida estaba llamada a realizar grandes proezas. Lo llamaron Kergal, pues su madre dijo: “Que los dioses forjen su destino””. Pues esto es lo que significa Kergal, niños. Cuando escucharon estas palabras, los padres adoptivos de Kergal se asustaron y en adelante se mostraron precavidos, pues temían interferir en los caminos de las divinidades. Pero lo que la mujer no les dijo es que la vidente, junto al anuncio de las hazañas del recién nacido, proclamó que a cambio de ellas su pueblo sufriría desdichas. Que la misma vida del chico estaría cargada de peligros y aflicciones. Temía que de saberlo, aquellas gentes rechazarían al pequeño. Tampoco les contó que las verdaderas palabras de la madre al darle nombre fueron: “Tal vez los dioses sean benévolos y lo liberen de su funesto destino”. Entonces, seguros ya de dejar al niño protegido, la mujer que lo había salvado y su acompañante marcharon a la guerra y no volvieron a cruzarse en vida con el pequeño. En aquel tiempo se realizaron grandes proezas, extraordinarios hechos asombrosos. La mujer y el hombre que rescataron a Kergal tuvieron una parte muy importante en aquellos acontecimientos, y finalmente se casaron y tuvieron hijos propios, y llegaron a ser personas importantes, pero de eso nada diré ahora. - ¿Qué pasó con Kergal? - Sí, abuelo, ¿lo trataron bien? - ¡Oh! sí, Mecola, lo trataron muy bien. Y creció alto y fuerte. Decían que tenía la fuerza del oso y la velocidad del halcón cuando se lanza contra su presa. Pero desde que llegó a su nuevo hogar se mostró como un niño distinto a todos los demás. Nunca hablaba de lo sucedido durante el ataque del campamento. Parecía que un velo negro había caído sobre su mente, borrando todos sus recuerdos, pues cuando le preguntaban por ello no sabía qué contestar, y siempre se sumía en un pesado silencio. Solían verlo solo, mirando a lo lejos, y tenía pocos amigos, porque se había difundido el rumor de su nacimiento, y nadie quería inmiscuirse en el camino que los dioses tenían preparado para él. Por lo tanto era parco en palabras y tenía pocos amigos. Algunos decían que parecía que junto a la destrucción de su aldea hubiera sido incendiada la alegría del muchacho. Sin embargo, era el orgullo de sus padres adoptivos, pues se mostraba especialmente interesado en conocer todo lo concerniente a los orígenes de su pueblo, y resultó ser muy inteligente, y valeroso, y mostraba arrojo en todo aquello que se proponía. Un ejemplo de esto se dio cuando aún era joven. Se dedicaba como todos los niños de su edad a atender los rebaños de la familia. Hacía algún tiempo que una fiera acechaba los hatos, y varios animales habían aparecido muertos, medio devorados. Kergal preparó una trampa para la bestia que estaba aniquilando los animales, y la capturó. Resultó ser una especie de gato, pero diez veces más grande, con hermosas manchas en la piel, dicen. De aspecto terrible, porque tenía grandes mandíbulas, enormes colmillos y unas zarpas en las que la muerte habitaba. Pero en lugar de matar al animal, lo cuidó y alimentó, y éste terminó por acompañarlo siempre, aunque no permitía que ninguna otra persona lo tocara o se acercara demasiado y se mostraba salvaje ante los demás, pero dócil con Kergal. El chico creció y llegó a convertirse en un hombre muy respetado, un gran cazador. Pero además, su opinión era muy apreciada en el consejo de la aldea, pues aunque era poco hablador, su juicio era prudente, y demostraba una sensatez y un discernimiento poco común en alguien de su edad. Esto le ganó la enemistad de algunos hombres mayores que él, que se consideraban despreciados por su propia gente a favor de un mozalbete de quien, en realidad, poco o nada sabían, de manera que procuraban que no se sintiera cómodo entre ellos. Se burlaban de él con palabras crueles y necias a las que Kergal nunca respondía, pues se sentía entre ellos más como un extraño que debía atender a las normas de la hospitalidad que como un miembro del mismo pueblo, y sufría internamente por las injusticias con que la vida recompensaba sus esfuerzos. Eso, a la postre, fortificó su costumbre de caminar a solas, buscando únicamente la compañía de los árboles y los pájaros y otros animales que habitaban los bosques de la comarca. Se convirtió en una persona taciturna y circunspecta, con un aire de gravedad permanente en el rostro. Parecía en verdad que una sombra, o una pena oscurecía su vida, o quizá fuera una rabia, no sabría decirlo, que le inundaba el corazón. Por aquel tiempo adquirió su espada. Era una gran hoja que manejaba con ambas manos, toda ella de plata, excepto en el filo, que era completamente negro. Cuando la obtuvo, los ancianos de la tribu le advirtieron: “Cuídate de esa hoja, Kergal, pues es Mûrmak, la Hoja de las Almas, y se cuenta que no hay nada en el mundo que pueda detener su corte. Pero se dice también que a la larga acaba devorando el alma de sus dueños y que ese es el motivo de que su filo sea negro y penetrante”, pero Kergal no se inmutó y les respondió: “Mi alma tiene su propio destino, marcado por los dioses desde antes de venir al mundo, y, en verdad, si ésta hoja puede librar mi alma de las cadenas que la atan, siempre le estaré agradecido, pues me acompaña un hado infausto que quisiera dejar atrás”. Comenzó a realizar viajes cada vez más largos, y llegó a conocer bien toda la región en muchas leguas a la redonda. Pero aun así, le parecía vivir en un espacio pequeño, sintiéndose tan desgraciado como un pájaro en una jaula, pues percibía un deseo muy dentro de su alma que no lograba identificar y a menudo se encontraba buscando a su madre por extraños parajes, sintiendo muy cerca su presencia, aunque sabía bien que debía haber muerto mucho tiempo atrás. El tiempo continuó imparable y muchos años pasaron en ésta triste situación. Se aventuraba en territorios peligrosos, arriesgando su vida, y se cuenta que Tocah, el Gran Gato, le salvó la vida en una ocasión. - ¿Como fue eso abuelo? - Pues veréis; Se encontraba bastante al norte de su aldea, en un territorio salvaje. Aunque muchos orcos habían muerto en la Gran Guerra, algunos lograron sobrevivir, y durante algunos años se escondieron en profundos agujeros excavados en las montañas, lejos de la vista de los hombres. No obstante, el número de los servidores de la Sombra volvía a aumentar de nuevo día a día, y en aquel tiempo otra vez se aventuraban en tierras abiertas sobre las que con anterioridad habían caminado a sus anchas. Una noche, poco después del comienzo del año, en la segunda luna, Kergal fue sorprendido por un grupo de orcos mientras dormía junto al fuego. El capitán de la partida reconoció en él los rasgos de un guerrero al que había dado muerte años atrás, durante una incursión contra un campamento, en el sur, antes de la Gran Guerra, y se jactó de ello ante Kergal, que comprendió que aquella bestia había dado muerte a su padre. El orco continuó durante un rato con sus pullas y mofas, divirtiéndose a costa de su presa. Pero la furia dominó al hombre, que rompió las cuerdas que lo ataban y dio muerte al inmundo ser con la sola ayuda de un tizón que recogió de la hoguera que lo había calentado antes de ser sorprendido. La hazaña fue grande, pues el orco era un gran jefe, curtido en numerosos combates, y su nombre amedrentaba a muchos servidores del Señor de las Sombras. De cualquier modo, cuando los demás vieron lo ocurrido, se lanzaron sobre Kergal y debido a su mayor número consiguieron reducirlo. A punto estaban de degollarlo cuando de las tinieblas de la noche apareció Tocah, el Gran Gato, que había estado cazando de en la oscuridad, como era su costumbre. De una sola dentellada arrancó el brazo del que levantaba la espada, y antes de que se dieran cuenta de lo que ocurría, dos más habían caído, cercenadas las gargantas por las enormes garras. Kergal consiguió zafarse de los que le sujetaban, más dispuestos a escapar de las fauces del animal que a permanecer custodiando al guerrero. Le quebró el cuello a uno, y otro cayó en el suelo con el casco hendido por una gran piedra. El resto huyó en la oscuridad. - Quisiera tener un animal así. Sería la envidia de mis amigos. - ¿Podría yo enseñar a Gilra a hacer esas cosas abuelo? El gato, que roía los restos de un ratón en un rincón de la estancia, levantó la cabeza hacia su pequeña ama al oír su nombre. El viejo rió ante la ocurrencia de su nieta. - Creo que no, pequeña. Gilra no tiene la fuerza de Tocah. Puedes enseñarle otras cosas, quizá. En cuanto a ti, Bléragon, dices que con un animal así serías la envidia de tus amigos. Quizá tengas razón. Pero debes recordar que no se consiguen amigos a través de la envidia. En verdad, si Tocah siguió durante el resto de su vida a Kergal, fue porque vio en él un corazón puro, libre de maldad y sin el más pequeño rastro de sombra. A Kergal no lo movía el deseo de conseguir la admiración de los demás, sino poderlos ayudar en caso de necesidad. Tenlo en cuenta en el futuro, hijo. - Sí, abuelo.- El niño bajó un poco la cabeza algo azorado por la leve reprimenda. - ¿Y qué hizo entonces Kergal? - Pues verás, pequeña. Después de ese combate descubrió que su deseo era ir hacia las grandes montañas que dieron vida a su pueblo, de las que tanto había oído hablar pero que nunca había visto, pues se encontraban muy lejos, a muchas jornadas de distancia. Su padre adoptivo, que ya era muy anciano, intentó disuadirlo, pues creía que la intención de Kergal era una locura, y le dijo: “hijo mío, pues casi no has conocido otro padre que no sea yo, escúchame ahora. Debes entender algo importante. Las cosas que nos pertenecen son únicamente las que nos entregan. No podemos apropiarnos de nada por la fuerza”, pues entendía que su hijo pretendía volver a fundar un hogar en las tierras de sus antepasados a cualquier precio. Pero Kergal le contestó: “Padre, pues siempre te comportaste como tal, mi intención no es obtener nada por la fuerza. Aquella es mi tierra, igual que lo es tuya y de todos mis hermanos. No pretendo reconquistarla, solo defenderla de quien nos la arrebató” Y por más que su madre adoptiva lloró y le rogó no consiguieron hacerle cambiar de opinión, aunque los quería mucho, y en realidad, separarse de ellos era rememorar la pérdida de sus primeros padres. Pero hacia estas regiones, donde nosotros vivimos ahora, dirigió sus pasos finalmente y durante un tiempo anduvo solo en los bosques, y de esa forma se hundió en la corriente de su destino, aunque en verdad, lo que pretendía era escapar de él. Un día alcanzó a ver a una hermosa mujer entre los árboles. Lloraba con amargura, y la tristeza tejía a su alrededor un manto de lágrimas plateadas. La siguió con cautela para no alarmarla, extrañado de que una criatura tan hermosa pudiera albergar tanta pena en su interior, y encontró un pequeño poblado que se levantaba en lo más profundo del bosque. Los habitantes del lugar eran desconfiados y apresaron al hombre, tomándolo por un espía maligno, porque, hipnotizado por la figura de la joven, había salido al descubierto acompañado de Tocah sin percibirlo, y el tiempo pasado en la floresta con la única compañía del animal le había otorgado un aspecto agreste y amenazador. Lo interrogaron largamente, y dijo llamarse Blérond, pues creía que, al cambiar de nombre, quizá podría alterar su propio destino. Afortunadamente, la sabiduría no había abandonado por completo a la gente de la aldea y reconocieron la veracidad de la historia que relató, porque algunos de los ancianos tenían noticias del pueblo con el que había pasado sus primeros años, y no vieron signos de mentira ni maldad en sus ojos. Durante un tiempo todo fue bien, y Blérond llegó a conocer la historia de la mujer del bosque. Había perdido a sus padres tiempo atrás en un duro invierno en que los orcos de los montes cercanos reanudaron sus ataques. Ella se encargó entonces del cuidado de su hermano menor, y había trabajado mucho en tareas de hombres para facilitarle todo lo necesario. Pero hacía poco tiempo que el niño había muerto víctima de una extraña enfermedad, de modo que ella se sentía sola, y creía que jamás lograría aplacar su tristeza, pues había perdido a toda su familia y no albergaba esperanzas para el futuro, porque, dedicada al cuidado de su hermano, había pasado el tiempo que se consideraba apropiado para desposarse. Trabaron buena amistad, y se enamoraron en secreto, pero Blérond no se decidía a proponerle matrimonio, porque pensaba que tal vez su negro destino influyera en la vida de la mujer. Sin embargo, una anciana del poblado pudo leer en el corazón del hombre, y le dijo: “despósala, hombre del sur, pues nada en el mundo puede aumentar las penas que afligen su alma, y en cambio, tal vez puedas devolver la alegría a su vida”. De modo que se casaron en la primavera, y durante un tiempo residieron felices, dejando atrás sus penas, y llegaron a ser padres de un niño fuerte y sano, y Blérond llegó a pensar que, en efecto, había podido cambiar su destino. Pero el Señor de la Oscuridad no había sido destruido en la guerra, y su poder crecía de nuevo. Una noche oscura los orcos bajaron de las montañas, como aquel día de mucho tiempo atrás que había marcado las vidas de los dos amantes, y atacaron el poblado de los bosques. Blérond, que durante ese tiempo había ganado un puesto importante entre los habitantes del lugar, dirigió a muchos hombres en la batalla. Fue una noche trágica en la que murieron muchos jóvenes valerosos, y se truncaron vidas que de otro modo hubieran sido alegres y longevas. Pero la contienda terminó en victoria para los hombres y hubo canciones en honor de los caídos. Desde aquel día, Blérond no se contentó con defender las aldeas del bosque y en lugar de eso perseguía a los orcos donde estos se encontraran, incluso en el interior de sus cuevas. Con el pasar del tiempo, los dominios del pueblo que lo había acogido creció todo alrededor y muchos hombres se unían a ellos y lograron devolver la paz y la seguridad en muchas tierras, cercanas y lejanas, y se convirtió en un pueblo de grandes riquezas. Su leyenda creció, llegando al fin a oídos del Enemigo, quien, irritado por la idea de que un puñado de hombres tenían a raya a sus huestes, ideó un plan para acabar con aquella oposición. Una tarde, las mujeres de la aldea de Blérond se encontraban en un bosque recogiendo frutos durante el otoño, cuando unos orcos cayeron sobre ellas y las apresaron. Averiguaron cual era la esposa del cabecilla de los humanos y dejaron ir al resto, seguros de que contarían lo sucedido y el héroe intentaría salvar a su mujer de las garras de las bestias. Con un puñado de hombres se lanzó Blérond en pos de las malvadas criaturas y les dio caza en un pequeño claro en el que habían acampado. Para cuando llegó al lugar, los orcos habían atado a la mujer en un poste alto, y la degollaron cuando vieron llegar al hombre saltando por la floresta, y le gritaron para que pudiera oírlo: “Esta es la recompensa que le espera a todos aquellos que se oponen a la voluntad del Señor de las Sombras. Vuelve a tus orígenes, hombre del sur, y no te inmiscuyas en los asuntos de las gentes de poder”. Pero Blérond, cegado por la ira al ver la crueldad de sus enemigos, embistió con toda su fuerza al portador de aquellas palabras. Mûrmak bebió su sangre con deleite y partió el cuerpo por la mitad, y sació su hambre con la carne de muchos enemigos. Enterraron con honores a la mujer asesinada, pues era muy querida y todos se apenaron del triste final al que había llegado por la maldad y la ambición de su enemigo. Pero Blérond se hundió en la locura y vagó durante días por los riscos de los montes, aniquilando a cuantas criaturas malvadas encontraba a su paso. Por fin, cuando su ira se calmó con la muerte de muchos, volvió al poblado, pues había tenido noticias de que un destacamento orco acampaba en las cercanías, y su deseo era destruir a cuantos pudiera. Reunió una gran hueste de hombres que pretendían vengar la muerte de la mujer y partieron sin tardanza, presos de una furia ciega. Encontraron a sus oponentes en una profunda hondonada de altas paredes rocosas. Cuando ya gran parte de los orcos habían caído en la lucha, varios centenares aparecieron repentinamente en los riscos y lanzando un grito aterrador atacaron desde las alturas, y un Dragón los dirigía, pues esta era la trampa que Gürendor, al que llamamos el Enemigo y el Señor de las Sombras, había preparado contra ellos: que cautivos de su propia ira, descuidaran toda atención, haciéndose vulnerables a las maldades que él había dispuesto. Blérond dio muerte a muchos enemigos en aquel día, y llegó a herir gravemente al dragón cuando consiguió clavarle astutamente parte del tronco caído de un árbol. Pero antes de expirar, la Gran Serpiente le habló: “Tú, el gran héroe de los hombres de este tiempo, tienes un vacío en el alma. Siempre has estado buscando algo, pero no has sabido qué. Pero yo te lo voy a mostrar antes de morir” De forma que miró a Kergal con sus ojos malignos, mostrándole la profunda negrura que había inundado el alma del héroe. En ese momento, el velo que había cubierto su mente tras el ataque de su aldea se alzó, haciendo que recordara todo lo sucedido en aquel día. Se vio a sí mismo de pequeño, sentado mientras jugaba con un pajarillo en el polvoriento suelo cerca de la tienda de sus padres cuando el ejército enemigo iniciaba su ataque. Sintió de nuevo los brazos de su madre cuando lo levantó del suelo. La mujer corría a ocultarlo en un pequeño agujero excavado a modo de sótano bajo su tienda, pensando que tal vez así lo libraría de la muerte. Contempló a su madre huir hacia el bosque cercano para desviar la atención de los atacantes, confiando en salvarse en la floresta y poder volver a por su pequeño cuando las hordas enemigas hubieran desaparecido. Pero él permaneció oculto en el sótano durante días de días, completamente a oscuras, alimentándose de la comida que guardaban en la pobre alacena y de los insectos que acertaba a notar corriendo por su piel. Recordó que no se atrevía a salir por temor a que los asaltantes continuaran acechando el poblado, llorando en soledad y silencio la pérdida de sus padres. Volvió a sentir todo el terror que le golpeó el pecho cuando al fin se aventuró a dejar su escondrijo, descubriendo que se encontraba totalmente solo en una isla negra, calcinada y devastada por las llamas. Lo que antes había sido un lugar donde las risas abundaban se mostró nuevamente ante sus ojos como un paraje muerto y desolado, donde el único sonido que se escuchaba era el gemido del viento que lloraba solitario entre las chozas. Rememoró su búsqueda desesperada de su madre, o su padre, o cualquier otro superviviente de la matanza, sin éxito alguno, pues muchos yacían caídos y desmembrados en la carnicería, entre ellos su padre, y los demás se habían desperdigado a lo largo y ancho del territorio. Volvió a vagar durante mucho tiempo sin rumbo en la floresta cercana, ocultándose en los bosques, usando las ramas más altas de los árboles para dormir, resguardándose así de bestias de todo tipo. Sintió el frío y el hambre que lo acompañaron durante ese tiempo difícil. Entendió también por qué, incluso cuando habían pasado tantos años, él seguía buscando a su madre entre los bosques, pues la mirada del dragón le mostró la persecución de los orcos a los que huían de su ataque, y como dieron muerte a muchos. Entonces, supo que su madre se había perdido en la floresta y no pudo regresar a su hogar, y que era su presencia en las arboledas lo que percibía mucho tiempo después cuando vagaba por ellas, pues se cuenta que el espíritu de su madre sigue caminando entre los árboles, buscando a su hijo de forma interminable, hasta que el mundo desaparezca y vuelva a crearse. De modo que al comprobar que no había logrado escapar del destino que lo acompañaba desde el momento de nacer, Blérond lanzó un pavoroso grito que infundió terror en amigos y enemigos, pues la mirada del dragón le reveló también lo que ocurriría tras su muerte. Entonces, la oscuridad de su vida inundó su mente y su alma, y olvidó la lucha, enloquecido por tanta amargura concentrada. Aprovechando ese momento, el dragón, con un último movimiento, tomó la espada de las manos del héroe y se la clavó en el corazón, y el póstumo aliento de la bestia estalló en una carcajada, pues había logrado dar muerte al hombre gracias a su astucia y malicia. Pero Blérond se miró el pecho, y le habló a su hoja: “Mûrmak, muchos han caído por tu negro filo, y llevan razón los que dicen que te apoderas del alma de tus propios dueños. Ahora tomarás también la mía, pero será la última vida que arrebates” Arrancó entonces el penetrante filo de su torso, golpeó la hoja contra una piedra justo antes de morir y la espada estalló en mil fragmentos, y nadie pudo volver a reunirlos para forjarla de nuevo. Así abandonó Blérond este mundo, por el dolor de su propia existencia y la malignidad del dragón. Tocah le fue fiel hasta la muerte, defendiendo su cuerpo contra el enemigo hasta que unas flechas envenenadas atravesaron su hermosa piel. Los orcos despedazaron al animal, y cada parte de su cuerpo fue mostrada como un trofeo, porque había dado muerte a muchos de su especie y había provocado terror entre los orcos por un largo espacio de tiempo. No quedaron hombres vivos tras la batalla, de modo que un gran montón de cadáveres se alzaba como una montaña. Pero cuando al fin llegaron los habitantes del poblado para darles sepultura no lograron encontrar el cadáver de Blérond. - ¿Cómo es posible? - Corren diversas versiones. Hubo rumores de que los orcos se lo llevaron para despojar a los hombres de la satisfacción de conocer la sepultura del héroe. Sin embargo, en la aldea se pensaba que la diosa que había creado a los hombres tomó el espíritu del guerrero y lo lanzó contra el cielo estrellado. Dicen, que desde ese día, durante muchos años, brilló un astro rojizo, tal como era el cabello de Blérond. Y así llegamos a la respuesta a tu pregunta, muchacho. Desde aquel día, algunas mujeres, en señal de duelo por la pérdida de tan extraordinario hombre, visten túnicas rojas para recordar al héroe que entregó su vida por su pueblo. - Es una triste historia si termina así. - Es una triste historia desde su mismo comienzo, pequeño. Pero no termina aquí. La noche en que murió Blérond, una anciana del poblado, conocida por sus visiones de futuro, hizo una predicción con estas palabras: “El gran guerrero ha muerto. Grandes han sido sus hazañas, tal como se predijo al nacer. Y parejas a esa grandeza han corrido las desgracias de su vida. Pero los dioses, al fin, han tenido piedad por su negro sino, y ahora espera entre estrellas, paciente como un rey entronizado, hasta que el momento llegue y regrese para derrotar a la Sombra. Su espíritu descenderá durante un tiempo tras la desaparición de su estrella, pero ésta volverá a brillar hasta el fin de los tiempos, cuando haya cumplido su destino.” Al concluir el relato, el anciano no quiso contestar más preguntas, y mandó a los niños a dormir. Al cabo de un rato salió de la choza y buscó en la oscuridad la figura de su nuera, que se protegía del frío arrebujándose en una manta raída. Y en el silencio de la noche pudo escuchar los sollozos de la mujer. - ¿Qué te ocurre hija? No tendrías que estar aquí. La noche es fría y la luna ya debe estar muy alta tras esas nubes densas. Entra en la casa y no te preocupes más. La estrella roja se apagó la noche en que nació tu hijo, y tú no puedes hacer nada para evitar su destino, aunque aquella anciana dijera que antes del final sufriría grandes tormentos para derrotar a la oscuridad. La mujer se abrazó al anciano y juntos entraron en la cabaña, maldiciendo la bendición de su hijo. Al cerrarse la puerta, una fría ráfaga de aire despejó, durante un instante, un breve espacio entre las nubes. Un espacio en el que no brillaba ninguna estrella.
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| Lágrimas de Hada | |
Hace mucho tiempo, cuando el mundo aún no tenía colores, habitaba en él un hada llamada Naria, pequeña y juguetona. Los dioses andaban muy ocupados y no tenían tiempo para realizar todo el trabajo, por lo que hablaron con ella para que les ayudara. Querían que se encargara de hacer crecer flores y plantas por doquier, pues Naria era especialista en todo tipo de vegetales. Entusiasmada, comenzó a viajar por el mundo, y creaba árboles enormes como montañas o plantas minúsculas como pulgas, de colores vivos, o atenuados, según su estado de ánimo. Viajó y viajó sin descanso, ayudada por sus delicadas alitas amarillas. Al cabo de un año volvió al lugar de origen, pensando en que después de tanto trabajo podría, al fin, tomarse un respiro.
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Pero al regresar, resultó que gran parte de la hierba y las flores, los árboles y las plantas, se veían tristes y apagados, chamuscadas por un calor excesivo. Las hojas caían mustias mostrando colores muertos, y Naria se puso a llorar, pues le dolía ver como sus criaturas sufrían tanto. Entonces, le preguntó a una flor que antaño había tenido hermosas hojas violetas y a la que solo le quedaba una casi negra: -Dime, hermana flor. ¿Qué os está pasando? ¿Hice algo mal? -No, madre hada. Alguien pasó por aquí destruyendo todo lo hermoso -contestó la flor mientras caía su última hoja. De modo que Naria comenzó a volar, buscando al ser que destrozaba su creación. Al cabo de unos días encontró a una bruja, que reía con fuerza mientras maltrataba un soberbio parterre de tulipanes por medio de un poderoso rayo de calor de su varita. |
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-¿Quién te crees que eres para estropear esas flores?- La increpó Naria, muy enfadada. -Soy Malvada, la Bruja. Y hago lo que me place, pues soy el ser más poderoso de la Tierra. Por supuesto, ese comentario inició una discusión. Mucho pelearon Naria y la bruja sobre quién de las dos era más poderosa. Pero no llegaban a un acuerdo. Por fin hicieron un trato. -Nos encontraremos dentro de 30 días –propuso Naria-. Entonces, si eres capaz de destruir lo que haya creado, tú serás la más poderosa y yo desapareceré para que puedas hacer lo que quieras. Pero si no lo consigues, perderás tus poderes y nunca más volverás a hacer daño. -De acuerdo -dijo Malvada. Y se marchó. Naria trabajó mucho durante los 30 días. Dibujó y dio forma a Luna, que todavía no iluminaba las noches. Terminó justo en el plazo y cuando Malvada apareció, Luna flotaba inmensa y amarilla sobre el oscuro cielo, radiante en su hermosura.
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-Esta es mi creación, Malvada. Si eres capaz de lograr que pierda su brillo, yo desapareceré y podrás hacer lo que quieras. Pero si no puedes, perderás tus poderes de inmediato. |
Malvada comenzó a lanzar hechizos, uno tras otro, bufando y aullando sus encantamientos en la noche. Cada uno de los conjuros provocaba una herida en el rostro de Luna, que terminó con cicatrices por todo su hermoso semblante. Cuando estaba a punto de amanecer, Naria le habló: -Ya ves, Malvada. No has podido. Ahora perderás tus poderes. -No es justo. Tú has dedicado todo un mes para crearla. Deja que mis hechizos trabajen durante 15 días y entonces veremos. -Muy bien. Dentro de 15 días nos encontraremos de nuevo. Así se despidieron. Los días fueron pasando y Naria cada vez se preocupaba más, pues Luna empezó a desaparecer, haciéndose más y más delgada. Cuando se reunieron de nuevo, Malvada reía mientras volaba sobre su escoba y le gritó a Naria: -Te lo dije, ¡soy más poderosa que tú! Pero el hada le contestó: - Hemos esperado 15 días para ver el resultado de tus hechizos. Esperemos otros 15 para ver si son duraderos. Y Malvada aceptó, segura de su victoria. Lentos pasaron los días y, sobretodo, las noches, y con cada una de ellas, Luna volvía a engordar, hasta que retomó su forma original. Cuando Naria y Malvada se reunieron por última vez, Luna volvía a resplandecer, iluminando el cielo. En ese instante, Malvada dio un grito y sus poderes se evaporaron en una tenue voluta de humo que desapareció en la oscuridad. A partir de aquel día no fue más que una anciana que caminaba cansada durante la noche, mirando a las estrellas sin recordar su pasado. |
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Naria, por su parte, comenzó de nuevo a trabajar, arreglando todo lo que Malvada había estropeado. Desde entonces se afana sin descanso, cuidando los bosques, las montañas y los prados, pues es bien sabido que cuesta más arreglar algo que crearlo.
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Pero, todos los años, durante el verano, cuando Naria regresa al lugar de partida, llora al recordar lo sucedido: la muerte de muchas plantas y el dolor de Luna. Y podemos ver sus lágrimas inundando el cielo. Los hombres las llamamos “estrellas fugaces”. |
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| El Péndulo |
Recuerdo con claridad el ventanal. Amplio y luminoso, con finos marcos de hierro blanco. Por él entraban a diario las luces y sombras de la calle, recordándome que, al otro lado, el mundo giraba de forma constante, independiente, sin mostrar interés alguno en lo que pudiera ocurrir de puertas adentro. Los rayos de sol se filtraban por el prístino cristal, que unas manos solícitas se esforzaban por mantener incólume, de forma que el rojizo sol del atardecer inundaba la estancia, campando a sus anchas e inflamando el ambiente de tonalidades anaranjadas y cálidas. Junto a la ventana, un enorme sofá de rinconera, con piel oscura y, al menos en mi imaginación, más oscura historia. ¡Cuántos saltos di sobre sus mullidos cojines es algo que escapa a mi conciencia! Tal vez, si las huellas de los azotes hubieran permanecido podría saberlo con seguridad, pero, afortunadamente, desaparecieron hace mucho. Justo frente a la piel marrón, una pequeña mesa de té sobre la que, años atrás, intenté, de forma aburrida y desganada, aprender las tablas de multiplicar. Mientras mostraba un fingido esfuerzo en esos menesteres, en las calurosas tardes de verano, mi madre se tumbaba al frescor azabache de su habitación, intentando descabezar el sueño mientras escuchaba los seriales de la radio, a los que, de forma invariable, seguía el consultorio de la doctora Elena Francis. Y tan solo un paso más allá, un mueble enorme, gigantesco, de roble oscuro, con relieves redondeados en cada una de las puertas. Tiradores plateados que debían estar permanentemente bruñidos, estanterías en las que una simple mota de polvo era localizada y eliminada de inmediato, multitud de pequeñas figuras sin rastro de mancha o suciedad, ni siquiera entre los enrevesados pliegues de unos ropajes a los que alguna mente perversa había dado forma para tormento de las sufridas amas de casa. Alguna que otra vitrina, de cierres imantados que presentaban la oxidación propia de incontables años. Y, en las estanterías, libros. Multitud de libros. De todas las formas y colores. Los cipreses creen en Dios, El Decameron, el Heptameron, Nacida Inocente, Las Mil y una Noches… Frente a la ventana, aquel inmenso ojo hacia el mundo exterior, la mesa maciza, sólida y recia, con enormes patas de tres uñas. Sobre ella, algunos candelabros de pie, plateados, desgastados de tanto limpiarlos, coronados por cirios rojos que jamás descubrieron cómo ahuyentar las sombras ni cuál fue el sentido de su existencia. Y la fotografía. Coloreada, mostrando un fondo verdoso en el que se recortaba la cara de un joven, hermoso, decían. Una fotografía que se apoyaba sobre la superficie de la mesa, tan oscura como el resto del conjunto de aquel comedor iluminado por los rayos, vibrantes y tibios, del atardecer sevillano de principios de verano. Aunque, si he de ser sincero, no todos los accesorios de aquella sala eran foscos. Sobre la mesa interminable, un elemento más de la decoración hipnotizaba al visitante tan pronto como se posaban los iris en él. De madera de pino, mostrando los brochazos de innumerables capas de barniz coloreado. Una pieza antigua, centenaria según mi madre, que perteneció a su abuelo. Un reloj de pared, de péndulo insaciable, con esfera deslustrada que mostraba las tripas de su mecanismo. Un reloj tan pulcro como el resto de las cosas que aparecían a la vista, a la luz del atardecer. Pero mis ojos de niño rechazaban la claridad, e invariablemente terminaban por centrarse en el pasillo. Nunca entendí a mi padre, y creo que es por culpa de aquel corredor. No he podido perdonarle que, durante todos los años de mi infancia, la lámpara que debía iluminarlo permaneciera muerta. Durante las horas de sol miraba aquel tramo de suelo que llevaba hasta las habitaciones y cómo no, la mía era la última, a seis metros de intensa oscuridad. Lo recuerdo con una sensación opresiva, siempre amenazante, dejando que la imaginación descubriera mil peligros en tan solo unos pasos de un frío y duro terrazo que me negaba cualquier auxilio. Pues, al caer la noche, siendo el hijo menor de la familia, era el primero en abandonar el comedor, dejando atrás las voces tranquilizadoras del televisor y el resplandor blanco del fluorescente, que se tornaba lívido al pasar el traslúcido cristal de la puerta. Me adentraba en un mundo en el que el poderoso sol del atardecer salía derrotado a diario, dando paso al aire de la noche, que se abrazaba a mis riñones, sacando escalofríos de la espina dorsal y erizando vellos invisibles a lo largo del cuello desnudo, frágil, vulnerable a cualquier peligro, humano o, mucho peor, del mundo de los espíritus. De repente, las voces televisivas quedaban sofocadas por un sonido simple, machacón, enervante por su insistencia. Un sonido que se tragaba el mundo que me rodeaba y anunciaba que iba a introducirme en terreno inhóspito pese a ser mi propia casa, un lugar donde, en teoría, debía sentirme a salvo. El reloj me hablaba con su péndulo incansable, susurrando en un grito enloquecedor la historia de mil muertes que debía haber contemplado a través de su cristal. Y las tinieblas lo acompañaban. Lejos quedaban los anaranjados y bienvenidos reflejos solares. En realidad, parecía que la oscuridad hubiera existido desde siempre, que la claridad y el sol eran solo un espejismo en mi mente infantil. Todo era oscuro, todo había sido oscuro. Y seguiría siéndolo. Entonces, una chispa iluminaba mi mente, dándome el valor suficiente para caminar unos pasos y pulsar el interruptor que iluminaba el salón de forma mortecina para reducir las sombras. Estas, sin embargo, se revelaban y aunque retrocedían, acababan por agruparse en aquel pasillo infausto que debía atravesar, sí o sí, para llegar a un sitio donde sentirme a salvo. Caminaba, esforzándome por mantener el paso sereno y tranquilo, pero con la respiración agitada por el miedo, hasta llegar a mi habitación, encendiendo la lámpara cuanto antes y volviéndome para comprobar que nada me seguía. Pero entonces venía lo peor… Debía retroceder, dejar atrás el pasillo, ahora iluminado por dos frentes, regresar al salón y hundirme de nuevo en sombras tras apagar la lámpara. De inmediato, el reloj de pared daba la señal de salida y la fotografía le respondía iluminándose, reflejando en aquel fondo verdoso un destello fosforescente que permitía ver en la negrura del lugar la cara de aquel hombre joven, hermoso, decían, muerto en un trágico accidente tan solo unos meses antes. Y entonces corría. Corría desesperado hacia la salvación, unos metros más allá. Un punto inalcanzable. Y no lo hacía solo. ALGO me seguía. ALGO me vigilaba. ALGO quería capturarme, meterse en mis entrañas y someterme a sus deseos. Notaba mil dedos etéreos que volaban junto a mí, intentando prenderme y arrebatarme el calor de la vida. El péndulo era la voz de aquel cuerpo sin forma, que gritaba sin cesar, jaleando a las sombras como el general espolea a sus ejércitos. Dejaba atrás la primera puerta, en solo dos pasos. Un portal en el que la negrura se reproducía, intensificándose, una boca como el carbón que me llamaba a su interior. Alcanzaba la siguiente, la habitación de mis padres, donde la cercanía de mi cuarto indicaba que podía superar, una noche más, a las sombras. Llegaba al fin al reino de la luz agotado, sin aliento, tras recorrer tan solo unos pocos pasos que se eternizaban al sentir los dedos fríos aferrándome el alma, mientras todo mi ser temblaba de puro pánico y terror concentrado. Al acostarme, las sombras se adueñaban de la habitación y yo sabía que estaban esperando a que cerrara los párpados, vencido por el cansancio del día, para introducirse en mis sueños y apoderarse de mí con extrañas y amargas pesadillas, hasta el día siguiente. “Hijo, a partir de hoy tendrás que dormir en el salón.” No vienen al caso las circunstancias que me llevaron a esa catástrofe, poco importan los motivos. Lo trascendental es el fondo, lo que vendría después. Llevaba años temiendo aquel salón, de reflejos ambarinos por la tarde y negras sombras durante la noche. Años de pesadillas que me atenazaban, de sonidos terroríficos que nadie más parecía escuchar. Durante todo ese tiempo fabriqué un refugio, un lugar donde resguardarme de ellos. Y ahora, las personas que más quería en el mundo, me arrebataban ese lugar de seguridad, obligándome a pasar las largas noches en la sobrecogedora sala. En la primera ya me hicieron saber que la idea les gustaba. Allí estaría a su merced, nada me protegería. ALGO se acercó a olerme la piel tan pronto desvestí mi cuerpo quedando a merced de la noche. Las sabanas no eran protección alguna contra aquello. Pero no fui atacado de inmediato, ALGO tenía otros planes. Me aseguré de haber cerrado el ventanal, de hierro pintado de blanco que, a la luz de la noche, se transformaba en un gris enfermizo. El sonido del péndulo bajó de manera casi imperceptible, hasta que, en lugar de ser una amenaza, consiguió adormilar mi mente. La fotografía no resplandeció, aunque yo imaginaba el rostro de aquel hombre hermoso, decían, sonriendo con avaricia. El conocía lo que vendría después. De pronto desperté, en mitad de la noche. ALGO me atenazaba, me sujetaba contra el colchón. No notaba su peso, era más bien como si ALGO se hubiera introducido en mí, paralizando mi cuerpo. Y me hablaba. Me hablaba con el silencio. Dejó mi mente en blanco y ahora, las sombras habitaban en ella. Abandonaron la sala para introducirse en el interior de mi ser. El salón resplandecía con la luna inundando el ventanal. El ventanal, que estaba seguro de haber cerrado y sin embargo se encontraba completamente abierto. ALGO había permitido que la noche entrara y se adueñara de todo. Desvalido, lloré sin consuelo, sin poder dominar el llanto que, sigiloso, fluía de cada uno de mis poros. ALGO me miraba, sabiéndose vencedor. Y ALGO se reía, a carcajadas, con el péndulo victorioso que resonaba de nuevo con fuerza, burlándose de mi debilidad. Pasé el resto de la noche en vela, violado de cuerpo y mente por ALGO innombrable y terrible que habitaba en aquel lugar. Pero en mi mente de niño las cosas no podían quedar así y rumié mi venganza mientras la noche se hacía vieja y daba paso a las primeras luces que venían a rescatarme, tarde, como siempre, como si Dios recibiera con retraso mis oraciones de ayuda. Al día siguiente me puse a buscar por la casa. ALGO tenía que habitar en algún lugar. ALGO debía esconder algún secreto. Pero no lo encontré. Mis padres me preguntaban qué ocurría. Jamás me creyeron. “Son pesadillas” me dijeron, restándole importancia. Y yo seguí sometido a aquella tragedia diaria. Pasaron varias semanas de búsquedas diurnas y derrotas nocturnas. Al fin, cuando estaba a punto de abandonar toda esperanza y entregarme a la fría noche, encontré lo que estaba buscando. En el lugar más insospechado, donde jamás habría podido imaginar. Tras los cajones que formaban el puente nido que se instaló en el gran salón para mi desdichado descanso. Justo a la cabecera del obligado lugar de reposo, un objeto había desaparecido, quién sabe cuánto tiempo atrás. Me sorprendí al verlo. Mis manos no sabían qué hacer con aquello. Mi mente quedó frenada, incapaz de reaccionar, y el corazón se detuvo durante unos segundos. Allí encontré un libro, de roja portada en la que la cabeza de un hombre y una mujer, enfrentadas, una sobre la otra, se perfilaban en negras sombras. Un libro que yo había visto hacía muchos años, en mi más tierna infancia, que leí en su momento y que, en mi inocencia, seguí, sin saber lo que hacía. Un libro de brujería, en el que se especificaba cómo invocar a los espíritus de los difuntos. Una llamada que realicé con solo cinco años y que no supe cerrar. Aún contenía aquel sortilegio el pequeño mechón de cabellos que solicitaba para el embrujo. Lloré al descubrir que había sido yo mismo el causante de todo aquel terror. Lloré al conocer que, en mis manos, estaba el poder de derrotar aquella oscuridad que me acechaba noche tras noche. Al fin podría librarme de aquella maldad que me perseguía a diario. Podría ser un niño normal. Tal vez. Agarré el libro con ambas manos y salí disparado a la calle. Compré en el kiosco dos paquetes de cerillas mientras corría hasta un descampado cercano. Era una tarde apacible. No corría la más leve brisa. Durante el trayecto no paraba de repetirme, “Te tengo. Ahora me toca a mí. Voy a ser libre. Te tengo”. Me senté tras una esquina de los edificios colindantes. Allí, estaba seguro, el aire no podría frustrar mi propósito. Encendí la primera cerilla, esperé a que prendiera la madera. La llama crecía erecta, sin vacilación. Me tocaba a mí sonreír. Acerqué la llama a las hojas, amarillentas de puro viejas. Y, de forma inexplicable, el fósforo cedió su llama, que se convirtió en una tenue voluta de humo gris. Aquello no podía estar pasando… el libro tenía que arder. Me iba la vida en ello, pues estaba convencido de que, a no tardar mucho, ALGO no se conformaría con someter mi mente y mi cuerpo y solicitaría mi alma. 80 cerillas contenían aquellas dos cajas. 76 necesité para cumplir mi propósito. Regresé a mi hogar tiritando, no de frío. Sólo el margen en blanco de aquel maldito decálogo de hechicería sobrevivió a las llamas. Entré en el salón, inquieto, preguntándome qué me esperaría ahora que me había deshecho de aquella maldición. Todo estaba igual. No apreciaba ningún cambio. El péndulo del reloj de pared continuaba con su eterna cantinela, ignorando lo sucedido. La cara de aquel hombre hermoso, decían, miraba al infinito, tal como siempre hacía. Cayó la noche. Me acosté, temeroso de que ALGO continuara en aquel lugar. De pronto, el péndulo detuvo su voz. La fotografía se iluminó levemente, despidiéndose de la noche con quien durante tanto tiempo compartió las sombras. Poco después me quedé dormido, con una sonrisa en los labios. Nunca más volvió a oscilar el Péndulo Muchos años han pasado de todo aquello, casi cuarenta. Nunca olvidé los sucesos de mi niñez. Siempre me han acompañado. Quien ha vivido estas cosas, sabe que nunca se está solo. Pero lo superé. No volví a temer a la oscuridad. Mi padre murió hace algún tiempo y nunca entendí por qué no cambió aquella maldita bombilla fundida. Aunque, bien es cierto, que jamás le pregunté. Hoy hemos enterrado a mi madre. Ya se han ido todos y me he quedado solo en su casa, la que fue mía y que tanto terror me produjo. El sol se ha puesto y la verdad es que me apetece quedarme sentado, solitario en las sombras de la noche creciente. Necesito llorar a mi madre y desahogar mi pena. Pero en medio de mis sollozos he vuelto a escuchar una voz reconocida. Al principio ha sido un simple susurro, una voz del pasado percibida por los oídos de la mente. Ahora, alerta ya mis sentidos y consciente de mis actos, abandono la habitación en la que me encuentro dirigiendo mis pasos temerosos hacia el gran salón de muebles lóbregos. Me paro junto a la enorme mesa. Y sobre ella, alzando la voz, el péndulo del reloj de pared de los antepasados de mi madre, que ha vuelto a hablar tras cuarenta años de silencio. Los candelabros encienden por primera vez, de forma repentina, sus velas rojas y la fotografía de un hombre joven, hermoso, decían, vuelve a resplandecer con un extraño fulgor verdoso, respondiendo a la llamada. |
| Premio Nobel |
Su fin estaba cerca. Apoyó una temblorosa mano sobre la cuna. La luz de la luna iluminaba la estancia, serena y calmada. Todos dormían en la casa. Excepto él. Miraba atento los leves movimientos de su primer nieto, nacido días atrás. Tomó al chiquillo en sus brazos, antes fuertes y vigorosos, ahora débiles y cansados. Se dejó caer, con los huesos protestando, sobre la mecedora que su hija usaba para amamantar al niño. El pequeño abrió los ojos sin quejarse y asió de forma imposible el dedo ofrecido por el anciano. El viejo le habló en un susurro, pero la criatura mostró una sonrisa misteriosa, entendiendo las palabras: —Recuerdo la primera vez que reparé en aquel mendigo. Aunque de eso hace muchos años. Nunca dije nada de lo sucedido. Gracias a él se ha cumplido mi mayor deseo. Y dejó a su mente retroceder hacia aquel momento. |
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Era un radiante día de otoño. Algunas nubes marcaban el cielo. Me dirigía a las oficinas. Al salir del edificio lo vi, pero no me fijé en él hasta días después, cuando la contemplación de la figura resultó algo cotidiano. Un hombre envuelto en poco más que harapos. Uno más en la gran ciudad. Otra boca para alimentar por la gran mano de la solidaridad. Cuando advertí su presencia hice como todos, dejar caer algunas monedas. Era un hombre joven. Si no está enfermo debería estar trabajando y no ser una carga, pensé. Seguí de camino al trabajo con esa idea. El día transcurrió apacible. Al anochecer, de regreso al hogar, el mendigo continuaba sentado, en la misma posición, en el mismo lugar, envuelto en el mismo silencio. Esa vez pasé de largo. No pensaba darle dinero cada vez que lo viera. Era joven. Podía trabajar. A la mañana siguiente lo había olvidado, pero volví a encontrarlo cerca de casa, mirando hacia la puerta, como siempre, ahora que lo pienso. Me sentí incomodo. Registré de nuevo en los bolsillos para dejarle algo más de calderilla. —¿Qué te pasa? Traes mala cara —María, la secretaria, me miraba extrañada. —Nada. No te preocupes —pero aquel personaje, instalado frente a mi hogar desde hacía unos días, me distraía. Mi pensamiento volvía a él con frecuencia. Algo del individuo me cautivaba, me atraía. Me resultaba extrañamente familiar, como si estuviéramos vinculados de algún modo. Con un esfuerzo conseguí centrarme en el trabajo, había mucho por hacer. —Sigue ahí —estaba mirando por la ventana, observando la figura del harapiento. —¿Quién? —Elena me miró extrañada, con el humeante café entre las manos, mientras me tendía otro. —Ese mendigo… hace días que está en el mismo lugar. No se mueve, ¡ni siquiera da las gracias cuando le dejas dinero! —Anda, tómate el café —comentó ella con una palmadita en el hombro, sin prestarme atención—. Llevas demasiado tiempo esperando esa prueba médica. No puedes llegar tarde. Y recuerda preguntar cuándo te darán los resultados —indicó mientras me besaba. —¿Cómo te llamas? —Las palabras surgieron solas mientras soltaba el billete. Había decidido ayudarlo. Le ofrecería trabajo. Cualquier cosa para que dejara aquel lugar. Quince días llevaba rondando la casa. Pero el joven, en lugar de contestar, clavó en mí su vista. Los ojos mostraron una extraña mirada, insondable, como si estuvieran atravesando todo el universo para observarme. No dijo una palabra. Desvió la mirada y continuó su espera—. Escucha. Quiero ayudarte. Creo que puedes trabajar. Pero has de querer hacerlo. — El silencio fue la única respuesta—. Bien. Entonces púdrete aquí. No podrás decir que nadie quiso ayudarte. Pero yo me olvido de ti desde este momento. Era muy fácil decirlo, pero no hacerlo. La imagen de aquel joven, mal vestido, aunque limpio, olvidado del mundo pero enclaustrado en él, volvía a mi mente una y otra vez. ¿Quién sería? ¿Qué habría sucedido para que una persona de su edad acabara de esa manera? ¿Nadie lo buscaba? Esa noche soñé con la mirada de aquel personaje. Llamé a los hospitales, también a la policía. Nadie buscaba a una persona de sus trazas. Pregunté en los albergues. Visité centros psiquiátricos. Todo resultó en balde. Nadie conocía al joven. No había ninguna orden de búsqueda con su descripción. Parecía haber viajado en el tiempo para presentarse allí. De vez en cuando se escuchan cosas así si se presta atención a las voces adecuadas. Gentes que aparecen de repente en un lugar, portando ropas o elementos que no concuerdan con el espacio temporal en el que se les encuentra. Procuré olvidarlo. Me centré en el trabajo. Adquirí un parking para no pasar frente a él. Los días pasaban envueltos en mil asuntos. Pero por las noches no podía dormir. —¿Qué hora es? —La voz adormilada de Elena acarició el aire del salón. —Las cuatro. Deberías ir a descansar. —¿Y qué haces levantado? —Preguntó mientras se sentaba en mi regazo, llenando mi alma de aquella calidez que la acompañaba, como hace el sol primaveral con las amapolas. —¿Quién crees que puede ser? —¿Quién? —Ese joven. Lleva casi un mes ahí sentado. Ni siquiera tiene un cartón para dormir. —Yo no veo a nadie. —¿Cómo? ¿No ves a ese mendigo? —Mis alarmas se habían encendido. —Ahí fuera no hay nadie, cariño. Volvamos a la cama. —Pero, yo estoy viendo a un joven, allí, sentado. Llevo un mes viéndolo. ¿Tú no lo has visto en todo este tiempo? —Claro que he visto un mendigo, cielo. A cientos de ellos. Anda, vamos a la cama. Te enseñaré cosas más interesantes que lo que puedas ver desde la ventana —comentó con una sonrisa pícara. Hicimos el amor, por supuesto. Ningún pensamiento extraño me alejaría de la piel de Elena. Pero no pegué ojo en toda la noche. Con el alba me levanté, me puse ropa abrigada y busqué un anorak que no usaba hacía tiempo. Por supuesto, él estaba allí, inmune al frío, parecía. Le tendí el abrigo, pero no lo aceptó. Le pregunté por su nombre, por su historia, por su familia… no respondió ni una palabra. Simplemente me atravesaba con aquella mirada infinita. Pensé que debía tener algún problema psíquico por enésima vez. O tal vez era mudo. O sordo. Comenzaba a desesperarme. De pronto reaccionó. Adelantó un brazo y afianzó mi mano, febril y temblorosa de pura impaciencia. Lo que observé me sorprendió. Lucía un reloj caro, ¡un Rolex nada menos! ¿Cómo era posible que un mendigo tuviera un reloj así? ¿Quién era ese hombre? Entonces, por primera vez, escuché su voz: —Mi madre me contó que siempre te quejaste de que no podrías tener entre tus brazos a tu nieto —mi mente comenzó a girar de repente ante aquel sonido y tuve que hacer un esfuerzo en centrarme en lo que escuchaba. ¡Ni siquiera tenía hijos aún y aquel tipo me hablaba de mi nieto! La voz, apacible y tersa, seguía sonando—. Acabas de hacer el amor a tu mujer. La dejarás embarazada y una niña nacerá de su vientre. Mañana, los resultados de tus análisis mostrarán un tumor maligno. Comenzarán el tratamiento, sin muchas posibilidades. Pero tú tomarás solo una gota de esto cada día —sacó del interior de sus ropajes un vial que contenía un líquido azulado y lo colocó en mi mano sin que pudiera rechazarlo—. No debes contarlo a nadie. No debe saberlo nadie. Pero te permitirá cumplir con tu deseo. Podrás conocer a tu nieto. Un fogonazo de luz rompió mi quebrada mente. Desperté en mi cama, envuelto en sudores, con Elena histérica mientras hablaba con mi doctor para que viniera a reconocer mi estado.
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—Todo lo que dijo resulto ser cierto —la habitación seguía sumida en sombras, y el hombre mecía a su nieto. Este lo miraba con ojos profundos, como si lo observara desde el otro lado del universo—. Y, aunque con reservas al principio, comencé a tomar una gota de aquel líquido, cada día, cuando Elena me comunicó, con una sonrisa radiante, su estado de embarazo. Hoy se han cumplido mis deseos. Aquel harapiento tenía razón. Ahora llega el momento de pagar. El llanto de Mario se fundió con el aullido de las sirenas mientras su abuelo era trasladado de urgencia al hospital. El personal sanitario pensaba que sería imposible salvarlo. Era un milagro que el viejo hubiera durado tantos años tras superar su enfermedad. Nadie supo nada de aquel extraño mendigo a la puerta de su casa. Ni tampoco del regalo que su abuelo le había dejado a su nieto para cuando cumpliera diez años. Cuando Mario abrió aquel paquete, encontró una gran caja en la que se podía leer: QUIMICENTRO. Fue su primer contacto con la química, que se convertiría en su mayor pasión y lo llevaría a ganar el Premio Nobel al descubrir una cura contra el cáncer de laringe. Al abrir la caja encontró dos objetos más: Un pequeño vial con unas gotas de líquido azul, y el Rolex que Elena le regaló a su abuelo al nacer su primera hija. |
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| Sinopsis |
Jhan, un miembro de la casa real del reino de Isitrlond, es reclamado por el rey, quien solicita su colaboración para participar en la recuperación de un objeto divino. Según las nuevas llegadas desde el Sur, LA PIEDRA DE ALDUR permitirá que los reinos de los Hombres puedan hacer frente a un oscuro peligro que amenaza con aniquilarlos a todos.
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| Sinopsis | Capítulo I | Fragmento I | Fragmento II |
| Capítulo I: El Reencuentro |
El cielo amenazaba con descargar toda su furia de un momento a otro. Durante el día se había oscurecido más y más, pero el viajero continuó su camino sin preocuparse por la llegada de la tormenta. Ahora ya no podía aplazarlo por más tiempo. Hacía casi una hora que no cesaba de llover y la intensidad aumentaba por momentos. De las crines del caballo chorreaba el agua sobre un suelo en el que se iban formando grandes charcos. Era evidente que no podría continuar así, pero, ¿dónde estaba el refugio? Se encontraba cerca de las Montañas Imperecederas, justo en las estribaciones del sur. La pequeña aldea de Atnia había quedado atrás tan solo un par de horas antes y por los alrededores no había cuevas o grutas donde guarecerse del temporal. La posada que estaba buscando debía estar cerca, o quizá la hubiera dejado atrás, en la oscuridad de una noche en que la luna estaba tapada por los densos nubarrones. Con la luz que había podría haber caminado sobre el cuerpo de un dragón y no enterarse hasta que se encontrara en su vientre. Decidió volver sobre sus pasos. Tal vez era una idea descabellada, pero no podía hacer nada más. Empezaban a caer relámpagos muy cerca y la armadura a la grupa de su montura podía llamarlos a gritos. Justo en el momento en el que giraba a la izquierda observó a lo lejos un reflejo, no el destello de un relámpago, sino una luz cálida y ambarina, la luz del fuego de una chimenea a través de los cristales. Se encaminó hacia aquel lugar. Tras cabalgar algunos minutos comenzó a vislumbrar la silueta de un edificio, no demasiado grande, aunque sí lo suficiente como para concebir la esperanza de que fuera la posada que buscaba. Tiempo atrás la había visitado en un par de ocasiones, pero de eso ya hacía bastante tiempo y, a decir verdad, nunca le había parecido tan acogedora como aquella noche. De entre sus ventanas se derramaba una amable luz que invitaba al viajero a entrar en la casona. La construcción formaba un ángulo recto con su cuerpo central y el anexo del este. En el edificio principal, la parte orientada al oeste era donde se encontraban las habitaciones, para aprovechar al máximo la calidez del sol en los días de invierno, ya que, situada cerca de las montañas, el clima era bastante fresco. Soportaba tres pisos en las que se repartían las diferentes estancias. La planta baja estaba ocupada por el comedor y la cocina. El salón era muy amplio y, sin duda, recordaba que antaño había acogido mayor número de visitantes que en la actualidad. En la segunda y tercera plantas se hallaban las habitaciones de los huéspedes. En cada una de ellas había una pequeña chimenea, una mesa y varias sillas, y dependiendo de lo que se estuviera dispuesto a pagar, una o más camas. El ala norte era ocupada en su planta superior por la familia que administraba el establecimiento, constituida por cinco personas: Jhan, el posadero, su esposa Ilfide, sus dos hijos y un joven que les ayudaba en las tareas cotidianas. La parte baja del edificio se destinaba a servir de almacén y para dar cobijo a los caballos. Al pasar por la arcada que unía los muros laterales que cerraban el patio con el edificio principal, el viajero leyó el cartel, “La Posada del Caminante”. Al entrar en el patio se encaminó hacia las cuadras. Al momento, salió del edificio un hombre joven que, tomando las riendas del caballo, condujo al agradecido animal al interior de su cubil, donde recibiría un buen cepillado y algo de forraje, ya a salvo de la lluvia. Del interior del albergue le llegaban voces y risas. Parecía que había varios visitantes en la posada, algo extraño, pues en esa época del año no solía haber muchos viajeros en los caminos. Al entrar en el edificio se encontró con un amplio vestíbulo en el que sobresalía una enorme percha de pared con una veintena de capas colgadas. El ruido llegaba ahora con claridad hasta él. Un pasillo estrecho y corto lo guió hasta el comedor. Se encontraba lleno de huéspedes que comían, bebían y charlaban animados. En un rincón de la sala, junto a la chimenea, había un par de mesas vacías. En el momento en el que los comensales lo vieron traspasar el umbral del comedor se hizo el silencio en la estancia. No había muchas oportunidades de ver a un noble istirlonida por esos lugares tan al oeste de Geriolad y menos en una tormenta como aquella, y de repente, uno se encontraba en el mismo salón donde ellos bebían relajados tras una cena generosa. El viajero era bastante alto. De su aspecto se diría que había cabalgado todo el día, pero no daba muestras de estar cansado. Sus ropas estaban completamente mojadas. El uniforme azul y oro aparecía colmado de grandes gotas de agua que refulgían con mil destellos a la luz de la lumbre. No llevaba escudo, ni la armadura puesta, pero la sola visión de un noble Qêlendor bastó para que se sintieran insignificantes. Tan solo unos enanos sentados en una mesa algo apartada reanudaron su conversación sin dar mayor importancia al recién llegado. El resto permaneció unos instantes en silencio y el anterior griterío se mantuvo apagado en sordos murmullos. El caballero tomó asiento en la mesa y el posadero fue hacia él con lentitud, con una curiosa expresión en el rostro. —¡No puedo creerlo! —Gritó el dueño del local mientras se fundía en un abrazo con el visitante— ¡Reidighar! El mesonero se giró a la concurrida sala y soltó: —Dime primo, ¿que te trae por aquí? —El propietario agarró al visitante por el codo y lo llevó a una mesa apartada—. Hace mucho que dejé la gran ciudad y mis huéspedes no suelen estar al tanto de los grandes asuntos del reino, de manera que oigo las noticias con bastante retraso. Jhan se sentó a la mesa junto a Reidighar ante el asombro de la concurrencia que ahora miraba con descaro la sorprendente escena que se estaba produciendo ante sus ojos. Dando un grito, llamó a su mujer que al momento apareció por la puerta de la cocina. —¡Reidighar! —La mujer corrió y el hombretón se levantó para abrazarla. A estas alturas, los parroquianos ya hablaban abiertamente del extraño suceso que estaban viviendo, comentando entre ellos que al contarlo en sus casas, jamás los creerían—. Reidighar, hacía tanto que no te veía La separación entre ellos había sido dolorosa. Desde el momento en que Reidighar supo que definitivamente sus primos se quedarían en la posada no compartió la idea, discutieron y se alejó sabiendo que no podría volver a visitarlos allí. El pensamiento era demasiado doloroso, aunque hasta cierto punto entendía los sentimientos de Jhan. Su esposa estaba enferma y él decidió permanecer junto a su familia, pues estando al mando de la Guardia del Agua no podía estar tanto tiempo a su lado como quería. Se trasladaron a esta región pues los galenos habían comentado que, quizá, un clima más fresco podría sentarle bien a Ilfide. Entonces compraron la posada y dejaron una vida de honores para disfrutar el tiempo que les quedaba. —Tengo que volver a la cocina, hablaremos esta noche Reidighar Jhan quedó pensativo. Dejar atrás su vida anterior había resultado difícil y continuaba echándola de menos, notar cerca el aliente del peligro, y poder contar a sus hijos nuevas hazañas, así como darle la vida que se merecían, la que por nacimiento habían ganado en lugar de cuidar de un pequeño campo y servir a personas que en circunstancias normales se inclinarían ante ellos. Pero deseaba permanecer cerca de su esposa cuando llegara el final. ¡Maldita sea! ¿Por qué había venido Reidighar precisamente ahora? —Lo siento primo, no puedo. Su protesta tronó en el comedor. Los comensales se volvieron hacia ellos. Su sorpresa ante aquel peculiar panorama se convirtió en alarma cuando escucharon el grito. Todos pensaron que se iniciaría una pelea donde el posadero tendría las de perder. Pero la sorpresa dejó paso al desconcierto cuando el caballero, en lugar de desenvainar la espada, se limitó a mover la cabeza lentamente. —De verdad que no te entiendo. Esto no es vida para ti ni para tu mujer, por no hablar de tus hijos que deberían ser tratados como príncipes. ¿No piensas nunca en ello? Era tarde cuando por fin se acostó. Tras su discusión con Reidighar los huéspedes se habían sentido incómodos y se fueron marchando poco a poco a sus habitaciones, pero él se quedó solo en el salón. ¿Cuánto de verdad tenía su primo en las palabras que le dijo? Era cierto que no llegar a tiempo a aquella aldea para salvarla antes de que los trasgos la destruyeran le afectó mucho. En la villa habitaban sus padres, que se retiraron de la capital para vivir sus vidas de una manera más tranquila. Y sin embargo encontraron una muerte violenta y horrible a manos de sus enemigos. No se pudo hacer nada para ayudarlos. Cuando llegaron todo era pasto de las llamas y los cadáveres se encontraron colgados de postes clavados en el centro del pueblo para que las alimañas los devoraran. Sus padres estaban en uno de aquellos postes, por completo irreconocibles. El pesar era demasiado intenso como para sobrellevarlo. Al regresar a su hogar, Ilfide estaba en cama, con una dolencia extraña y a punto estuvo morir. Desde entonces, la preocupación de perderla también a ella se apoderó de su alma y decidió dejar la ciudad para intentar olvidar todo aquello. Pero ahora los recuerdos volvían con demasiada fuerza. ¡Maldito Reidighar! No tenía derecho a pedirle que lo acompañara, ¡su lugar estaba junto a su esposa! —¿Sabes? Deberías acompañarle —La voz de Ilfide sonó aterciopelada junto a su oído. La tarde era lluviosa. Sería mejor decir que continuaba siendo lluviosa, pues desde la noche en que Reidighar llegó a la posada, hacía dos días, había llovido a diario. Ya no quedaba en el albergue ninguno de los huéspedes. Todos habían continuado su camino a pesar de la lluvia. Jhan pensaba que así era mejor, pues no lo verían haciendo el ridículo mientras intentaba volver a efectuar ejercicios que antes le eran familiares. Al principio de su nueva vida practicó sus horarios anteriores, levantándose al alba para ejercitarse y practicar con la espada y el arco, pero poco a poco perdió la costumbre hasta que sus hábitos se acomodaron a la vida de un posadero, si bien nunca se abandonó por completo. Ahora, volver atrás le parecía una tortura. Lo único que seguía intacto eran su uniforme y las armas, que había continuado cuidando, pero en cuanto a él… ¡él necesitaba un buen repaso! En primer lugar, debía conseguir un caballo digno, cosa que no resultó difícil. Reidighar cabalgó hasta Lendamar, que no distaba demasiado, y le consiguió uno. Lo peor era volver a coger la forma. Su cuerpo estaba algo más redondo que hacía unos años. Reidighar le ayudó bien poco. Se reía a menudo de él, diciendo que un asno podría hacerlo mejor. Así transcurrieron dos semanas, hasta que una noche Reidighar anunció que no podían demorarse más. Partirían al amanecer. |
Los Sueños III |
El silencio era absoluto, sobrecogedor. La falta total de sonidos lo ensordecía, aturdiendo sus sentidos. Ni siquiera su propio corazón producía ruido al golpear contra el pecho. Sus oídos, acostumbrados a los rumores de la vida, buscaban inútilmente algún sonido que les diera razón de ser. La oscuridad era absoluta. Las estrellas no mostraban el menor fulgor, ni siquiera el leve resplandor creado por la luz de la luna sobre una tela de araña adornada de rocío. Alguna fuerza se hubiera tragado todas las luces del mundo, dejando solo la negrura de un vacío insondable que reinaba a sus anchas sin que nada pudiera evitarlo. Cualquier cosa que hubiera sido fuente de luz, en aquel lugar, era tan solo la sombra de un recuerdo adivinado a medias en las profundidades de una mente trastornada. En aquel ambiente estéril de ruidos y luces, parecía que se encontraba en los inicios del mundo. Era un lugar remoto, ignorado por todos, carente del sentido del tiempo. Y tuvo miedo. Se encogió, buscando ocultarse de las sombras que lo rodeaban, intentando refugiarse en ese rincón luminoso y feliz que todo ser humano descubre, una vez en la vida, en el que se siente a salvo de todo. Un espacio interior que nos muestra nuestros deseos y anhelos, nuestras esperanzas y temores. Un lugar donde nada ni nadie puede hacernos daño, pues nada ni nadie tiene posibilidades de acceder a él. Un lugar cerrado a todo y a todos, en el que somos dueños absolutos, por la simple falta de otros posibles reyes. Y descubrió horrorizado que ya se encontraba allí. Que el viaje ya estaba realizado y ese era la última parada del trayecto, el punto de destino. El lugar sagrado de su persona estaba marchito, profanado por la oscuridad, arrasado por la negrura de la desesperación y la falta de fe. En el momento en que fue consciente de ello, la palidez de un muro blanco se hizo visible, no por ser iluminado, si no más bien por la tenue relajación de la oscuridad, que parecía tomarse un respiro para permitir que contemplara aquella visión. Se acercó a la pared buscando la puerta, y se detuvo, paralizado por el miedo. Allí, haciendo guardia frente a la pútrida abertura, la familiar figura encapuchada lo miraba desde el interior de las sombras que se arremolinaban a su alrededor. Recordó haber visto aquella misma figura, una vez, en algún momento, en algún lugar al que no podía dar nombre, y tembló de puro pavor inyectado en sus venas, ante la simple visión de aquel ser. Y supo que era ella. Al instante todo aquello había desaparecido, y la oscuridad se apretó en torno a él, risueña, divirtiéndose a costa del hombre, haciéndole entender que ahora, aquel rincón, aquel lugar sagrado de su interior, aquel refugio inexpugnable, era de Su propiedad. Entonces fue consciente de que le habían despojado de sus razones para vivir. Sus aspiraciones, sus deseos, habían huido a un lugar donde no pudieran ser tocados por aquella maldad oscura. Tal vez al corazón de otro hombre. Ya no le quedaba nada. |
| Fragmento del Capítulo XIII |
Jhan cerraba la marcha, observando en silencio al resto del grupo. Para prevenir incidentes avanzaban separados por unas quince brazas de distancia. Se levantó un viento gélido que se ciñó a sus riñones, apretándolo con fuerza. Un silbido a su espalda hizo que se girara sobre la montura y de inmediato un gritó helado surgió de su garganta, a la vez que tiraba de las riendas de su caballo y le clavaba las espuelas para que girara presto a la izquierda. El resto de la expedición se giró al escuchar el alarido de su compañero justo a tiempo de ver unas enormes alas blancas que pasaban junto a él. Càlendir, que era el siguiente, no tuvo tiempo de escapar con su caballo y se vio obligado a saltar de la montura cuando las poderosas patas traseras de la criatura que los atacaba se hicieron con el animal. Los demás se desperdigaron por el valle, mientras un relincho terrorífico se alzaba en la montaña. El monstruo alado volvió a ganar altura tras soltar a su presa, que cayó a la nieve desde ocho pies de altura con un golpe sonoro, aunque amortiguado por la suave blancura. Eso le salvó la vida al pobre animal que, asustado, quedó tumbado en el suelo. Por fortuna no se había roto una pata. Landir ya tensaba su arco contra el dragón, cuando la bestia, de casi cinco brazas de longitud, giró en el aire dificultando el tiro al cubrirse entre las rocas cercanas, rodeando el pico de la montaña. Se agruparon en torno al caballo, que mostraba las marcas de las garras en torno a sus costados, profundas, aunque no mortales. Cuando el dragón apareció de nuevo tras las paredes de piedra pudieron verlo con más claridad. Carecía de patas delanteras y tenía gran envergadura de alas, que eran membranosas y con pequeñas garras afiladas en los extremos. Pero el mayor peligro de la bestia procedía sin duda de su larga cola, parecida a la de un escorpión, que manejaba con destreza letal. Su velocidad de vuelo era altísima, y tenía la habilidad de lanzarse en picado evitando crear sombras, sin provocar ruido alguno, de manera que lo único que podía alertar a su presa era el sonido del aire que lo acompañaba en su descenso. Una presa distraída caía sin remisión en sus garras. El elfo lanzó su primera flecha cuando aquel terror alado aún se encontraba distante y el color blanco azulado de sus escamas hubiera dificultado para cualquier otro hacer blanco. Pero la vista de éste arquero era muy superior al de la mayoría y la flecha fue lanzada con destreza. El dragón esquivó la saeta con un golpe brusco hacia un lado, de manera que el proyectil rebotó en sus escamas coriáceas. Tadrem y Jhan se situaron delante del caballo caído, dispuestos a golpear con sus espadas al monstruo en cuanto fuera posible. Càlendir esperaba, con la espada dispuesta a defender a su animal en la corta distancia en caso de que el monstruo se acercara demasiado. Kaara se situaba detrás de los elfos con su arco corto tendido, mientras Salloch preparaba sus cuchillos para lanzarlos al aire. El engendro se acercaba veloz. Landir y Kaara hicieron cantar sus arcos al unísono. Ambos disparos fueron inútiles. Las flechas se incrustaron sin daño alguno en la granítica piel externa del dragón y allí se quedaron balanceándose con el vuelo ágil de la criatura, que se les echó encima. Tadrem y Jhan hicieron girar sus espadas. El dragón los arrojó al suelo. Jhan había errado por completo el mandoble, pero el príncipe consiguió arrancar uno de los dedos de la bestia, que dio un salto en el aire a causa del dolor, lo que impidió que los apresara con sus garras. Salloch lanzó sus cuchillos, que rebotaron contra la costra del animal como si hubieran ido a clavarse en una piedra, mientras Kaara y Landir saltaban a un lado. Cuando ya casi había sobrepasado su posición, el animal batió la cola, que golpeó a Càlendir, inoculando su veneno a través de la gruesa cota de cuero que lo protegía. Si hubiera alcanzado a alguno de los hombres habría muerto casi en el acto. A Càlendir, sin embargo, su padre, Boreo, el dios de la salud, le había dejado, entre otras, una herencia peculiar: era prácticamente inmune a todo tipo de veneno. La bestia se alejaba de nuevo ganando altura. Se encontraba en un lugar estrecho, rodeado de paredes de roca que dificultaban sus maniobras, por lo que tenía que ascender y alejarse para variar el rumbo. En ese terreno sus acometidas se veían debilitadas. Hubiera sido mejor sorprenderlos en terreno abierto pero, siguiendo la senda que seguían sus presas, el cañón se cerraba más adelante, con lo que embestirlos hubiera sido aún más complicado. Y más tarde, el descenso de la montaña y los árboles del bosque habrían hecho imposible el ataque. Mientras se alejaba, Tadrem habló con los otros. Corrieron hacia las rocas señaladas cuando el dragón volvía a aparecer, en esta ocasión por su espalda. Había dado la vuelta en pleno vuelo y los volvía a sorprender por detrás cuando ellos esperaban un ataque frontal. Se defendieron como mejor pudieron. Una vez más se alejó el formidable enemigo, y una vez más se agrupó Jhan junto a Tadrem y Càlendir en torno al caballo herido, que sangraba, forcejeando por levantarse y responder a la llamada de las demás monturas. Kaara se incorporó con dificultad con un terrible dolor de cabeza, la muñeca rota, y rebuscó con dolor entre la nieve el arco y las flechas que habían salido disparados durante el breve vuelo. El dragón regresaba acercándose ya a sus víctimas. Entonces observó por el rabillo del ojo que una pequeña lengua de fuego se acercaba a él y con un rápido movimiento del ala se cubrió, intentando rechazar la flecha encendida. Evitó que se le clavara en la cabeza, pero el movimiento resultó fatal para la bestia. La saeta inflamada se clavó en el ala membranosa. Puesto que no había ningún órgano vital que proteger, las alas no disponían de la piel recia y cuajada de escamas del torso del animal. La flecha ardiente se hundió en una membrana que prendió con facilidad, arrancando llamas que devoraron con rapidez la extremidad de aquella bestia. El dragón soltó un enorme bramido al ver que perdía el equilibrio de su vuelo y que se dirigía, sin poder evitarlo, contra las enormes rocas de la ladera de la montaña. Se estrelló contra la pared montañosa en un impacto tremendo que hizo temblar las raíces de la montaña y, a lo largo de la vertiente, arrastró rocas y piedras durante el descenso, para ir a detenerse contra el suelo, con un fenomenal crujido, tras dejar un reguero de roja sangre a su paso. El silencio se apoderó del valle. Landir se aproximó con cautela al lugar donde estaban sus compañeros, vigilando el cuerpo tendido del dragón a tan solo unas brazas de distancia. Càlendir ya atendía a su caballo, que relinchaba de dolor por las heridas. Kaara corrió a buscar al resto de los animales ignorando el dolor de la mano, seguida de Salloch, que avanzaba recuperando sus cuchillos lanzados. Tras unos instantes de espera, Jhan y Tadrem se acercaron al cuerpo del enemigo en llamas que componía una imagen increíble, como si la misma nieve estuviera ardiendo por alguna magia desconocida. Cuando estaban a punto de poder tocar al animal con sus espadas, un crujido espantoso sonó bajo el cuerpo del animal abatido, que se hundió con estrépito, perdiéndose bajo una espesa capa de hielo. Los dos viajeros saltaron hacia atrás. Una zanja corrió abriéndose paso por un valle que no había podido aguantar el enorme peso del animal golpeando desde las alturas. La grieta avanzó y se tragó a Jhan, que cayó golpeándose la cabeza contra una pared de piedra helada. La oscuridad se cernió sobre él, y se perdió en las sombras. |
| Sinopsis | Prólogo | Fragmento I |
| Sinopsis |
En el año 735 A.d.C. Teleclo, rey de Esparta, fue asesinado en una reyerta con los mesenios. A partir de ese momento, Esparta comenzó una lucha sin cuartel contra sus vecinos del este que se alargó durante dos guerra y casi ochenta años. Durante ese periodo, Esparta conocería una expansión cultural que la llevó a ser el espejo en el que se miraban el resto de los griegos y a obtener más territorio que ninguna otra ciudad de Grecia. Y sin embargo, le dio la espalda a todo ese esplendor para convertirse en la nación guerrera por excelencia bajo el reinado de Teopompo y de su hijo, Anaxándridas. Pero esos mismos cambios crean una criris en la familia real espartana, que contempla como el rey se convierte en una persona cruel y exigente, que los llevará a la destrucción. Siguiendo las tormentosas relaciones de la familia real espartana, asistiremos a los motivos que llevaron a unos cambios tan bruscos como inexplicables. Unos cambios que harían de Esparta una nación temida y admirada. Un objeto de fascinación hasta nuestros días. |
| Prólogo |
El paisaje que me rodea es hermoso. Eligieron mis antepasados este lugar por muchas razones, aunque la belleza no se encontraba entre ellas. Es un paraje resguardado, recóndito, a salvo de miradas escrutadoras. Un lugar de profundos valles y altas paredes rocosas. Hermoso, sí, pero duro. Hermoso, sí, aunque de piedra y roca. Hermoso, sí, pero de fría tierra y aire gélido. Hermoso, sin duda, pero con la suficiente crueldad, inclemencia y aspereza para templar el carácter de los que vendríamos después. Y tan adecuadamente cumplió este lugar su propósito, que ahora, tras muchos años, contemplo por primera vez el esplendor que alberga, porque la hermosura es algo que mi gente tuvo que dejar de apreciar para dedicarse a otros menesteres. Me encuentro en un punto elevado al oeste de mi ciudad, Esparta. A mi espalda puedo ver las altas montañas que la defienden. El griterío del pueblo ha quedado en su interior. Las mujeres y los niños nos han despedido. Ahora reina la calma. Nada excepto el soplo del aire hiere mis oídos. Es un día cubierto de nubes grises, con una claridad que presagia una fuerte nevada. El viento azota mi capa, y aunque mi torso se encuentra desnudo y el frío es penetrante, soy inmune a él. Porque yo, que según me describieron incluso mi venida al mundo fue dolorosa, no cuento las calamidades como otros. Muchos años de preparación lo hacen posible. Muchos años de vida estoica, de dureza impuesta, de sentimientos doblegados, me permiten mirar a la cara de la adversidad esbozando una sonrisa donde cualquier otro perecería, o al menos, lloraría igual que un perro apaleado. Y no hablo sólo de mí. Tres mil de mis hermanos me acompañan. Todos tan preparados como yo. Todos tan dispuestos como yo. Todos tan felices como yo. Todos tan duros y abnegados como yo. Todos vistiendo la misma capa de color rojo sangre. Cada uno dispuesto a morir. Es nuestro designio. Un bosque de espadas se alza ante mi vista. Destellos broncíneos fulguran con cada exiguo rayo de luz solar con poder suficiente para atravesar el manto de nubes que cubre nuestras cabezas. Tres mil almas resueltas las portan. Tres mil caras que muestran la mirada decidida del que se ha sobrepuesto a un millar de calamidades para llegar al día de hoy. Pues, desde la época de los Heráclidas, mi pueblo se ha preparado para este momento. Este es nuestro destino. Se nos enseña orden y pureza. Se nos enseña a despreciar cualquier banalidad. Todo en nuestra vida nos lleva a no temer a la muerte, a luchar por la libertad a cualquier precio. Mucho hace ya que los descendientes de Heracles constituyeron la ciudad, pero ese derecho a gobernar esta tierra cedida por el propio Zeus, lejos de caer en el olvido, se ha ido renovando con la sangre de muchas generaciones. Y es el momento de hacerlo valer. Miro a mis hermanos y veo tres mil corazones que esperan la señal. Pues vamos a la guerra. Para eso estamos aquí. Para eso hemos nacido. Durante todos nuestros años, desde la más tierna infancia, se nos ha preparado, se nos ha impuesto el extremo rigor que domina nuestras vidas. La hemos aceptado con gozo, pues ésa es la tradición, y es nuestro honor, así como nuestra libertad, lo que está en juego. Es, además, la única manera de llevar a cabo nuestra venganza. De modo que observo las huestes que me acompañan y no puedo evitar que el orgullo me invada, pues al fin, se hará justicia. Y en el preciso momento en que reconozco que estamos cerca de la gloria, la euforia me domina. No puedo retener por más tiempo el grito que inflama mi garganta. Mis pulmones estallan soltando todo el aire retenido y los espíritus de incontables generaciones de hombres de dureza inigualable, de increíbles hazañas y proezas que deberían ser recordadas cuando mi pueblo desaparezca, vuelven a la vida a través de él: “¡El Juramento! ¡La Muerte!”. Y otras tres mil gargantas elevan su voz repitiendo esas palabras para llevarlas hasta el Olimpo, para que los dioses las oigan. Para que sepan que vamos a cumplir nuestra promesa. Que mi pueblo conoce lo que es el honor. Soy el general que comanda un ejército como no se ha visto ningún otro en el mundo. Para eso estoy aquí. Este es mi destino. Me llamo Anaxándridas. Y soy rey de Esparta. |
| Fragmento del Capítulo III |
Con las primeras luces del día, los niños comenzaron a calentar sus estómagos con unos sorbos de caldo caliente. La llanura del campamento estaba atestada. Aparecían allí los padres y madres de todos ellos, que mantenían un mutismo reverente. Al poco apareció Timeo, quién habló con voz fuerte. —Este es el primer paso de vuestro entrenamiento. Hasta ahora, simplemente se os ha mostrado el camino a seguir: obediencia y honor. A partir de hoy, aprenderéis a obedecer, no solo a vuestros superiores, sino también a vuestros iguales. » Y a partir de hoy, obedeceréis también a uno de vosotros, aquél que demuestre ser más capaz, más fuerte que todos los demás. A él le espera la gloria durante los próximos años. »Es un honor reservado solo a los elegidos. Así pues, ¡corred! No tuvo que repetirlo. Los sesenta pares de pies del grupo de niños que instruía comenzaron a batir el suelo al unísono, intentando tomar una posición ventajosa con respecto a sus compañeros. Anaxándridas fue veloz en esos primeros momentos, colocándose en el grupo que ocupaba las primeras posiciones, pero sin forzar el inicio de la carrera. Debía llegar con fuerzas al final, tal como su padre le había dicho en tantas ocasiones. El grupo bajó las pendientes dejándose llevar por el desnivel, sin forzar el ritmo. Anaxándridas comenzó a quedarse rezagado de los primeros, cuyas zancadas eran más potentes. Pensaba que, si la carrera se hubiera celebrado una semana atrás, no hubiera podido intentar siquiera ganarla, pero sus pies habían mejorado sensiblemente, y apenas quedaba un recuerdo de las heridas de los primeros días. La dureza de la piel comenzaba a ser un hecho, y había vuelto a ser de los más rápidos entre sus compañeros. Estaba confiado. Podía ganar la carrera, el respeto de Polemarco y, más importante aún, la sonrisa de su padre que lo esperaba en el campamento. Llegó al río cuando los primeros ya estaban cruzándolo. El agua estaba helada y sintió cómo un escalofrío recorría toda su espalda. Comenzó a dar una brazada tras otra. Todos los niños espartanos sabían nadar, por supuesto, aunque unos eran más diestros que otros. Anaxándridas no era de los mejores. Cuando se encontraba a mitad de la corriente, comenzó a sentir el peso de los brazos, el cansancio de las piernas, que parecían de hierro cada vez que las movía para impulsarse con ellas. Para empeorar las cosas, el frío comenzaba a ejercer su influencia, adormeciendo cada músculo de su cuerpo. Fue sin duda el peor tramo de la carrera. Si hubiera durado mucho más, habría terminado por hundirse en las aguas. Pero consiguió efectuar la prueba, aunque había perdido varios puestos. Se frotó los músculos de manos y piernas al salir, para volver a entrar en calor, y tras coger aire profundamente retomó la carrera. Estaba alejado del grupo de cabeza; al menos seis niños lo aventajaban. Se concentró en subir y bajar los pies. Nada más existía, tan sólo el golpeteo rítmico de su planta contra el suelo. El tiempo pareció detenerse a su alrededor. Hubo un momento en que pensó que iba a desfallecer, pero en ese momento las palabras de su madre sonaron en su cabeza: Hijo, nuestro pueblo tiene un pasado glorioso, descendemos de los mismos dioses. El futuro debe ser igual de importante. Para que eso sea posible, vosotros, los hombres, debéis ser fuertes. Esto le insufló nuevos ánimos, y recuperó un ritmo constante. Delante de él, las caras de los otros niños comenzaron a acercarse, lentamente al principio, a mayor velocidad conforme la pendiente de la montaña se hacía más pronunciada. Dejó atrás a los dos que le precedían, muy juntos. Con las caras coloradas por el esfuerzo, intuyó que no tardarían demasiado en pararse. Anaxándridas notó que comenzaban a dolerle los pies. Las aguas frías del río habían ablandado la piel, que todavía no estaba completamente encallecida, y empezaba a comprobar que las piedras y las ramitas del camino iban haciendo mella en él. Aún así se acercó al cuarto niño, y tras avanzar unos instantes codo a codo con él, lo superó dejándolo atrás. Ya solo le quedaban tres compañeros por delante. El primero se paró de repente, a no más de seis brazas de él, boqueando en busca de aire. “El flato es un mal común a todo corredor”, les había inculcado Timeo; para evitarlo había que ser parco a la hora de comer antes de iniciar una carrera. Era evidente que aquel chiquillo no supo obedecer. Anaxándridas siguió corriendo, y entonces notó que, efectivamente, tal como su padre le había dicho, en su interior quedaba un resto de fuerza, una energía que desconocía y que impulsaba sus pies como si tuvieran voluntad propia. El segundo de los niños que tenía delante lo miró. Era Laertes, el más alto y fuerte de su grupo. Su zancada era más larga que la del hijo del rey, pero perdía fuelle con cada una de ellas y Anaxándridas le ganaba terreno pulgada a pulgada. Poco después un solo corredor se interponía en su camino. Pero la sangre se heló en sus venas cuando vio de quién se trataba. Polemarco era un enemigo feroz, además de un gran corredor. Y odiaba profundamente a Anaxándridas desde aquella noche en que ambos fueron azotados. No sería fácil adelantarlo. Pero también el hijo del Rey sabía correr, y deseaba, por encima de todas las cosas, vencer aquella carrera. Apretó los dientes y con ello forzó a sus piernas a aumentar el ritmo. Polemarco lo vio acercarse. Estaban ascendiendo los últimos repechos antes de llegar a la empalizada. Tan sólo un centenar de yardas más arriba, la pendiente se suavizaba y llegarían al claro. Los pulmones del niño gritaban buscando aire, pero no cejaría en su empeño de ganar al hijo del Rey. Anaxándridas se acercó, trasladando toda la energía y el calor de su cuerpo hacia las extremidades inferiores, que ya no sentían dolor. Se colocó a la altura de Polemarco. Durante unos momentos estuvieron pegados, casi rozándose sus cuerpos, cuando la empalizada del campamento se alzó ante ellos. Anaxándridas pudo ver la cara de su padre, que comenzaba a esbozar una sonrisa. Parecía que, por primera vez en su vida, iba a conseguir que su padre se sintiera orgulloso de él. Olvidó todo lo demás y clavó su mirada en el rostro de su padre. Y cometió un error al hacerlo. Había olvidado a Polemarco, y con ello, otro de los consejos de su padre: No pierdas de vista al enemigo hasta que no hayas salido vencedor de la batalla. Había insistido en ello una y mil veces, pero ahora, en su primera guerra, sin experiencia previa, Anaxándridas olvidó las palabras. Polemarco se rezagó sólo un paso, lo suficiente para introducir levemente la punta de su pie entre los talones de su contrincante. Anaxándridas perdió pie, trastabilló, y a punto estuvo de irse al suelo. Consiguió recuperar el equilibrio y reanudar la carrera, pero cuando alzó la vista, comprobó en los ojos de su padre que no sería el jefe de su grupo. |
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